LOS FRUTOS SECOS DEL AMASZONAS

Los vemos tan juntos en los mercados y tiendas, incuso en las recetas, que a veces pensamos que son parientes. Sin embargo, el maní y la almendra –y con ellos una nogada, un brigadeiro, la querida sopita de maní o esa llajwa sin la cual un anticucho no es tal- no podrían contar historias más distintas.

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El maní es, ante todo, originario de estas tierras. De las tierras amazónicas, para ser más exactos. Estudios genéticos recientes apuntan a que es muy probablemente en la Amazonía beniana que se logra cultivar este fruto, difundiéndose a lo largo de los siglos por todas las Américas. Su seña particular es ser un fruto, una vaina con semillas, que crece dentro del suelo: cacahuate, el nombre náhuatl que le dieron en México, significa literalmente “cacao de la tierra”. De ahí, al mundo. El maní hoy es tan fundamental en la dieta estadounidense como en la del sudeste asiático.

A alguien se le vendrán a la mente, esos turrones que venden las caseras, de maní molido con miel de caña. Ese humilde turrón no sirve para pasar a hablar de la almendra. El árbol de almendra fue cultivado inicialmente en el medio oriente, seleccionándose con el tiempo los frutos que no fuesen amargos ni venenosos –el cianuro, de hecho, proviene de un ancestro de la almendra-. Llegó a España de la mano de los moros, como todas las cosas cuyos nombres empiezan con “al”. En España se hizo muy querida, estando el mazapán y el turrón entre esas delicias de almendra que luego se trajeron al nuevo mundo.

Pero aquí es donde nuestra historia da un giro inesperado: al menos en el occidente de Bolivia, la semilla que llamamos “almendra” es, en realidad, la castaña, almendra del Brasil o nuez del Brasil. Más grande, menos aplanada y blanquecina, con una delgada cáscara oscura. A pesar de su nombre, ese gran árbol que también es de origen amazónico es aprovechado hoy en el país a tal punto, que según muchos datos tres cuartos de la producción mundial de castaña vienen de Bolivia.

Y entonces, por supuesto que hacemos turrón y mazapán –como esas frutitas tan simpáticas de Cochabamba, por ejemplo-, pero las hacemos con maní y castaña. Recetas viejas de las Europas con ingredientes aún más viejos, de estos lares. Una constante frecuente de nuestra cocina.

 

Texto elaborado por el arquéologo Juan Villanueva.

Fotografía de Sergio Vargas.