LA NIÑA DEL PARANÁ por Juan Villanueva

Si la papa es reina de esa franja arrugada de montañas en Sudamérica, la mandioca o yuca es su par en las inmensas tierras verdes que se extienden hacia el Atlántico y el Caribe.

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Es un sustento básico de la vida en las enormes regiones que bañan el río de la Plata, el Amazonas y el Orinoco, en Centroamérica y el Caribe, e incluso en el África y Oceanía. Parece que en realidad se trata de dos plantas hermanas: una empezó a ser cultivada en la región Maya, al sur de México; la otra, en esa amplia cuenca del Plata que comparten Bolivia, Brasil, Argentina y Paraguay.

Los guaranís llaman a esta planta Mandi-ó, y dicen que era una niña no muy agraciada que se internó avergonzada en la selva, donde el dios Tupa la transformó en la planta que brinda el sustento a todo un pueblo. Lo cierto es que convertir a esta raíz cuya versión selvática es tan venenosa, el casabe, en un alimento nutritivo y calórico, rico en almidón, es una proeza de la relación entre humanos y plantas.

Mandi-ó acompañó a los guaranís en su búsqueda constante de la Tierra sin Mal; los sustentó desde la región del Paraná, entre los actuales Paraguay y Brasil, en sus viajes hacia el sur hasta más allá de Buenos Aires. También los acompañó al norte, por el Chaco hasta la actual Bolivia. Más al norte aún, la yuca entró en contacto con los pueblos chanés, mojeños y otros de la Chiquitanía, los llanos benianos y la selva amazónica. En los llanos de Mojos, donde ya se cultivaba el maní, la calabaza, el maíz y el frijol, los utensilios para rallar yuca muestran la introducción de esta maravillosa niña del Paraná.

Así, cuando los misioneros jesuitas llegaron a esas regiones, la yuca fue el ingrediente ideal para hornear, cocer y asar, mezclada con carne, queso, azúcar y otros. Así surgieron esos preparados que hoy son las delicias de la cocina oriental: el masaco, el sonso, el cuñapé, el mismo chivé a la hora de beber. Así, la humilde mandi-ó se hizo reina en nuestros paladares.