No es cosa fácil crecer y convivir con dos buenos seres humanos. Esa penuria me arrastró más de 20 años, edad en que dejé el nido hogareño. Ver la generosidad de mis viejos y la justicia con que reparten críticas como sonrisas era un poco tortuoso, dado el hecho concreto de que yo nunca podría ser tanto. Quiero decir: qué religión esforzada es esa de intentar ser mejor persona que ayer.
Y de la misma manera me pasó con el olfato, la certeza de la cocina de mamá. Los aromas que me echaban en cara mi pequeñez: nunca ser tan buena cocinera como la Anita, que es otra forma de decir que nunca podría hacer al mundo tan feliz como lo hace ella.
Como suele suceder, la bronca y la obsesión suelen ser mis motores y ahí me ven en plena cuarentena cocinando de madrugada gracias al insomnio y una sola idea: quiero ser como mamá.
Es decir, algún sabor de ella quiero replicar bien, porque de la bondad... mejor ni hablemos. Yo no creo en dios, pero si existiera mi vieja sería su mejor obra, ni duda cabe.
Es así que me puse a preparar sajta tres veces por semana tratando de acercarme a su imagen y semejanza... y sazón. Esa es la verdadera herencia.