Uno de los materiales más disponibles para las personas es la tierra misma, que es la base desde donde crece todo nuestro alimento, pero también puede ser la fuente de utensilios para cocinarlos y comerlos.
La tierra húmeda o mezclada con agua resulta un buen material para retener calor; de ahí que, astrictamente, hablando, la cocción en hoyo en la tierra o wat’ia sea la forma probablemente más antigua de cocinar con tierra; otros instrumentos como el qhiri o fogón, que funciona con leña o bosta de animal, son más sofisticados y requieren hacer una fina pasta moldeable; los hornos de barro con forma de cúpula son ya una tecnología traída por los españoles, pero muy bien adaptada en nuestras regiones.
Pero por supuesto, lo más sofisticado que se puede hacer con barro –con un tipo especial de barro fino llamado arcilla - es moldear recipientes y cocerlos en fuego para hacerlos duros, resistentes al calor e impermeables. La cerámica es un material desarrollado por muchas sociedades en todo el mundo, y al ser duradera en el tiempo es muy estudiada por los arqueólogos para entender actividades, intercambios y aún ideas y religiosidades. Algunas piezas cerámicas que han cambiado poco desde tiempos prehispánicos son las de cocina: la manqha u olla con dos asas en el borde, o la kanalla o tostadora. La gente de Cochabamba está familiarizada con el ch’illami, una gran fuente usada para compartir comida, y con todos los cántaros y grandes ceramios para preparar la chicha. En regiones cálidas, como el Chaco, los cos y otras vasijas eran también usados para almacenar y mantener fresca el agua, y a veces imitaban la forma de recipientes de corteza o calabaza.
La cerámica no solo se usó para almacenar, cocinar y comer, sino para alimentar a los espíritus de la tierra, las montañas y los muertos, quemando esencias en el aire o echando líquido al suelo; la sociedad Tiwanaku o la Inka dieron mucha importancia a los vasos de diversas formas, muy decorados, para brindar y ch’allar. Aun hoy en las ciudades andinas, invitamos algo de nuestra bebida a la Pachamama, aunque ahora nuestro envase sea de vidrio o aluminio, y la cerámica esté limitada a las macetas y los ladrillos. Al hacerlo, imitamos un antiquísimo ritual; porque si no lo hacemos, la Pacha, enojada, nos hará tropezar.